No me gusta Bob Dylan

¿Os acordáis de cuando éramos adolescentes y en nuestra panda todos nos vestíamos igual y nos gustaban las mismas cosas? El sentido de pertenencia al grupo, de una manera u otra, nos persigue toda la vida, incluso de adultos. Todos somos de un club, de un grupo, de una forma de pensar a la que pensamos que pertenecemos. Y a veces no basta con eso: renunciamos a nuestra individualidad y pasamos a definirnos a través del grupo. Eso tiene complicadas consecuencias en las relaciones entre personas, y no digamos nada en escenarios conflictivos, donde los gobernantes le sacan toda la rentabilidad. Y aunque el asunto convierta a amigos en enemigos y desate las guerras más viciosas, muchas veces sucede sin que nos demos cuenta.

Y ahora viene la anécdota. Uno de tantos ejemplos de lo que digo:

Acababa de llegar a Belén, Palestina, y no conocía a mucha gente. Alguien me habló de un café en el que, una vez por semana, se daban conferencias sobre el conflicto, y luego los presentes compartían café, vino de la tierra e impresiones sobre la charla. Me pareció interesante para tomar contacto con el ambiente local y quizás juntarme con otra gente que también anduviese en la tarea de entender lo que pasaba allá. No recuerdo ya el tema de la conferencia, pero sí recuerdo que, durante la post charla, un palestino propuso a los presentes (la mayoría extranjeros) ir a la azotea de su casa a tomar unas cervezas.

Eramos unas quince o veinte personas, y al poco de llegar, alguien trajo un estéreo y una caja enorme de cedés. Todos luchaban por hacerse con el control del aparato, y charlaban entre ellos sobre cantantes de los que yo no había oído hablar en mi vida. Parecía un concurso para ver quién nombraba al cantante más raro. Alguno se emocionaba al encontrar a otra persona que conociese a su cantante; a otros, eso mismo les incordiaba porque le restaba rareza a su candidato.

Allí estábamos, cuando de pronto alguien puso un CD de Bob Dylan y yo fruncí el ceño: “¿Qué pasa?”  Preguntó una chica estadounidense. Y yo dije distraídamente: “Nada, que no me gusta mucho Bob Dylan”.

“¿QUÉ?” De repente se hizo el silencio en la azotea. Todo el mundo me miraba como si estuviese loca. “¡¿No te gusta Bob Dylan?!” Exclamó la chica, por si alguien  no se había enterado. Yo, que en aquel tiempo aún me sentía a veces obligada a dar explicaciones, dije: “No he dicho que sea malo; he dicho que no me gusta. Si me dieras un libro con sus letras, me lo leería tan a gusto, pero no soporto su voz. Me recuerda al sonido que hace un gato cuando le cazas la cola con una puerta.” Unos veinte pares de ojos me miraban perplejos, y el silencio seguía. En una película habría sonado un grillo. En aquella azotea sonaba el gato, a quien, en mi oído, la puerta cazaba la cola una y otra vez. Alguien llegó a la azotea diciendo que traía unos snacks, y poco a poco todo el mundo volvió a lo suyo. El grupo en el que yo me encontraba retomó el concurso de cantantes raros, yo yo me puse a reflexionar sobre lo que acababa de pasar.

Ahí estaba un grupo de extranjeros, en el lugar donde ocurre y pasa la vida palestina (la azotea de una casa); la mayoría ataviados con prendas y símbolos que evocaban conocidos movimientos de paz y tolerancia (pañuelos, faldas largas, chorreras, gorros a lo cantante jamaicano, gorras a lo revolucionario cubano -¿seguro que no era argentino?-); los mismos voluntarios de ONG internacionales dedicadas a estrechar los lazos entre dos grupos definidos y enfrentados que, sin embargo, tienen problemas para tolerar que haya una persona entre veinte a la que no le gusta un cantante venerado por su grupo. A los diez minutos, y viendo claro que ya no pintaba nada allí, alcancé sigilosamente las escaleras de la azotea. “Me voy”, pensé, “antes de que alguien descubra que tampoco me gusta la cerveza.”

 

*Con todos mis respetos a esa gente voluntaria y activista que sí marcaba la diferencia. Ellos y ellas ya saben quiénes son. 

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