Sami el escapista

Tarde asfixiante de julio en Belén, Palestina. Llevo casi tres semanas currando sin parar en mis cuatro o cinco trabajos simultáneos de free lance y me he prometido a mí misma que el único que va a trabajar hoy es mi sofá. Pero no puedo dejar de pensar en esa línea del artículo que yo escribí y que el periódico borró antes de la publicación. Qué injusticia, no hay derecho. Y ahora quieren que vaya a la otra punta de Cisjordania a hacer una entrevista de lo más aburrida; con el calor que hace y la de check points que hay que cruzar… Como extranjera, puedo cruzar cualquier control con mi pasaporte europeo, pero de las colas y los registros no me libra nadie. Suena el teléfono. Es mi amigo Sami, que también se toma el día libre y propone ir a tomar te y fumar la pipa de agua. El plan perfecto.

Sami es un joven palestino musulmán de 25 años que vive en Belén. Le faltan 3 dedos porque durante la Segunda Intifada le estalló una granada en la mano. Por aquel entonces, Sami y sus amigos salían a la calle por las tardes a jugar al fútbol simplemente para desafiar el toque de queda impuesto por Israel; del lado israelí, alguien decidió vengarse de la osadía escondiendo un explosivo en una pelota de tenis con la que los chavales habían estado jugando. Sami, que la creía perdida, la vio y fue contento a recogerla. Aún estaba diciendo “esta no es mi pelota, pesa demasiado”, cuando se produjo la explosión.

Pero esto no amedrentó a Sami: ya de adolescente, comenzó a unirse a manifestaciones y a confrontar a los soldados israelíes a pedradas, siempre a espaldas de sus padres, que obviamente, tenían miedo de que le volviese a pasar algo y se lo habían prohibido. Un día me contó que una vez se encontró a su padre tirando piedras contra los tanques en la misma manifestación. Los dos se miraron, sorprendidos, y el padre le dijo: “Bueno, ya está bien, vámonos a casa”. Los dos caminaron en silencio hasta la puerta. Y allí, su padre le susurró, muy serio: “¡Ni una palabra de esto a tu madre!”

Hemos encendido ya la pipa con sabor manzana y Sami me dice que está harto del calor, que la semana siguiente se va a ir a darse un baño en una playa de Tel Aviv. Pienso que está intentando hacerme reír: el hecho de haber sido herido durante la Segunda Intifada le convierte en amenaza para el estado de Israel, y por tanto, nulo candidato a conseguir alguna vez un permiso para cruzar el muro y visitar cualquier parte del otro lado.

Pero su cara es desafiante. “¿Crees que no lo haré?» Y entonces empieza a contarme sus antecedentes para convencerme.

Parece que hace poco pasó tres días “de vacaciones” en Jaffa (en 1948 la cuidad palestina más grande, ahora un barrio árabe al sur de Tel Aviv). Se puso un pantalón corto, un sombrero moderno, un pendiente en la oreja y se hizo al monte por la noche. Ya por la mañana alcanzó una carretera de colonos al otro lado del muro y se puso a hacer autoestop (algo bastante común en Israel). Un colono israelí lo recogió y lo llevó hasta Jerusalén. “Le dije que era un turista canadiense de origen griego”. De allí cogió un bus a Tel Aviv, y luego otro a Jaffa, a casa de su amigo.

En otra ocasión, durante el Ramadán, Sami quiso ir a Jerusalén a rezar en la explanada de las mezquitas. Volvió a esconderse durante la noche en el monte, pero esta vez fue más difícil. “Había muchos jeeps militares con focos recorriendo los alrededores y tuve que esconderme bajo un montón de excrementos para que los perros de la policía no pudiesen seguir mi rastro.” Al cabo del rato, decidió encaminarse al asentamiento israelí más cercano, Gilo y, una vez allí, se cambió de ropa, cogió el autobús de línea israelí y se plantó en el centro de Jerusalén.

Descubro que las imaginativas incursiones de Sami le han llevado a colarse en un kibutz (comuna israelí) y ponerse a cantar y tocar la guitara con los colonos, fingiendo ser italiano, o tratar de cruzar al lado israelí a nado por el Mar Muerto, algo que la policía le impidió en el último momento, y de lo que él se disculpó con un “es que no me había dado cuenta, habrá sido la marea”.

Está claro que tiene la técnica depurada: “Cuando estoy en el lado israelí siempre llevo mapas y libros conmigo, y si un policía me mira y veo que sospecha de mí, me acerco a él, le hablo en inglés con un acento raro y le despliego el mapa en la cara mientras le hago un montón de preguntas. El policía pierde rápidamente el interés”.

Un mensaje en mi móvil interrumpe el momento. “Perdona, es el periódico”, le digo: “¿Irás al final a hacer la entrevista?” leo en el mensaje. Sami quiere saber qué quieren. No me puedo sentir más ridícula si le cuento mi problema. “Nada importante”, contesto. Dejo el móvil a un lado y decido contestar más tarde. “Pues eso”, me dice distraídamente mientras pone a reposar sus pies en un taburete de plástico y da otra lenta chupada a la pipa: “Que si me quitan mis derechos, me los proporciono yo mismo.”

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